Los errores estructurales en las selecciones juveniles de fútbol en Colombia

La generación dorada del fútbol de Colombia (la más exitosa) está gastando sus últimos cartuchos y es muy probable que las eliminatorias para el Mundial de Catar sean su último escenario de exhibición. Los recursos expuestos y su capacidad de juego en equipo van a dejar una estela difícil de igualar por las camadas que aguardan por el proceso de relevo debido al manejo que se le ha dado. 

El panorama de los procesos de selecciones juveniles, que se han dado en los últimos años, es por lo menos preocupante. Las decisiones tomadas al respecto de las selecciones nacionales menores de fútbol en Colombia han logrado, desde varios puntos de vista, que su aporte al fútbol del país se haya reducido de manera significativa.

Los factores se pueden enumerar con facilidad, así como sus consecuencias: el nivel individual y colectivo mostrado en las últimas presentaciones continentales, la poca representación de una idea de fútbol nacional, el desmoronamiento de su aporte a la selección mayor nacional y la promoción de nuevos talentos para el fútbol internacional.  

A pesar del título conseguido en 2013, y el subtítulo de 2015, (en la categoría sub 20) el nivel mostrado, específicamente en lo colectivo, por las selecciones juveniles de Colombia demuestra que existen fallas desde lo dirigencial que terminan involucrando inevitablemente lo deportivo.

El principal problema recae sobre las decisiones tomadas desde la parte dirigencial, y su repercusión es directa en la dirección técnica. Por allí han pasado personajes que no han cumplido con la pertinencia necesaria para soportar la responsabilidad que acarrea ese cargo. Para ser técnico de una selección de menores se precisan, cuanto menos, dos cosas fundamentales: vocación para enseñar y agudeza para elegir o seleccionar. Justamente, algunos de los últimos técnicos que han pasado por el banquillo juvenil de Colombia (Héctor Cárdenas, Carlos Restrepo y Arturo Reyes) han tenido debilidades muy marcadas en el segundo ítem. Además, otro factor que les ha jugado en contra ha sido su falta de experiencia en esta categoría.

Buenas gráficas de lo que le sucede a las selecciones menores son sus últimas dos presentaciones a nivel continental: la Sub 20, dirigida por Reyes, clasificó al Mundial de la categoría en Polonia a última hora, con unos número muy bajos (solo marcó goles en cuatro partidos de diez que jugó) y un rendimiento pobre que fue constante en los diez encuentros, con fallos en la elección de los once jugadores y planteos que dejaron expuesta una condición de vulnerabilidad; por su parte la sub 17, dirigida por Héctor Cárdenas, se fue del torneo con cifras rojas (perdió los cuatro partidos que disputó y recibió ocho goles) y con un rendimiento futbolístico que se caracterizó por la ausencia de propuestas ofensivas. Otro dato que ilustra la situación dice que la selección sub 17 no clasificó a ninguno de los tres mundiales que se han disputado en esta década (México 2011, Chile 2015 y Brasil 2019)

En esos escenarios, así como en la presentación durante el Mundial sub 20, se expuso un factor decisivo: las selecciones no saben a qué juegan y sus técnicos carecen de posturas o lineamientos que determinen un patrón de juego general. No se logró en la era exitosa de Pékerman ni se ha logrado en la incipiente de Queiroz. No existe unificación de criterios al respecto, ni existe una línea de mando que especifique cuál debe ser el modelo a seguir. ¿Improvisación? Puede ser una respuesta aventurada. Es posible esbozar una teoría: el fútbol juvenil nacional no tiene el interés que debería generar en los directivos federativos.

El problema son las consecuencias que de allí se derivan. La influencia y el alcance que se espera de estos procesos se han disminuido con el correr de los años: de la nómina de 23 convocados para la Copa América para la selección mayor, solamente 8 hicieron procesos juveniles en lo que va de la segunda década del 2010. Asimismo, se está desestimando la posibilidad de promover en los jugadores, a tempranas edades, unas ideas alrededor de un proyecto de fútbol de país: definir cómo se juega en Colombia, actuar en consecuencia, y promover un patrón de juego que se pueda desarrollar y acompañar durante el crecimiento futbolístico del jugador.

Muchos talentos que pasaron por procesos de selecciones juveniles terminaron quedando a la deriva y no pudieron ratificarse en la selección a largo plazo debido a la falta de acompañamiento psicológico y deportivo, y a su temprana migración. Juan Pablo Pino, Jherson Vergara, Michael Ortega, Mauricio Cuero, Alexis Zapata y Anderson Arroyo encabezan esa lista. Otros casos, como los de Ian Carlo Poveda y Eddie Salcedo muestran la incapacidad federativa para seguir el rastro y brindarle una estructura deportiva a las jóvenes promesas que se destacan a nivel internacional en una edad formativa.

Los clubes profesionales también adeudan una participación comprometida. A excepción del Cali, Envigado y Cortuluá, la mayoría no han asumido ni jugado un papel decisivo. Por el contrario, sus divisiones inferiores y los procesos formativos desde la etapa juvenil no tienen mayor incidencia en sus proyectos deportivos. Sus lineamientos al respecto son muy difusos, y sus posturas para la búsqueda, promoción y consolidación de talentos juveniles no terminan por ser del todo claras y convincentes.

Pese a que en abril de 2019 se anunció un proyecto de desarrollo por parte de la Federación Colombiana de Fútbol, el tiempo sigue pasando y los rendimientos de las selecciones juveniles siguen siendo muy irregulares. Hoy los efectos de un tratamiento equivocado de los procesos de formación han dejado sus resultados a la vista. La selección Colombia que está disputando el Preolímpico muestra vaivenes e irregularidades en su nivel, se debe a sus individualidades y todavía no encuentra el pico de su rendimiento.

En el fútbol, cualquier ejercicio de anticipación carece de mérito por su carácter cambiante, pero las experiencias cercanas (como la de Argentina y Chile) muestran que cuando se deja de un lado el trabajo progresivo y continuado alrededor del fútbol juvenil, el futuro de las selecciones mayores termina siendo aleatorio. Con mayor razón, cuando la historia demuestra que las generaciones doradas de las selecciones suramericanas (como la de Argentina y Chile) se forjaron gracias a un buen proceso previo.  El ejemplo de Uruguay también sigue estando a la vuelta de la esquina.

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