Ellas son la única razón válida

Este miércoles de esta semana la Conmebol y la Federación Colombiana de Fútbol enviaron una carta en respuesta a la FIFA, por los resultados del primer informe técnico sobre las candidaturas para ser sede del Mundial Femenino de 2023, en el que Colombia obtuvo la peor calificación.

En ella, además de remarcar que algunas evaluaciones transmitidas en el informe eran producto de prejuicios y discriminaciones, las dos entidades afirmaban que el torneo de fútbol femenino profesional en Colombia “se encuentra entre los más exitosos del continente, con 20.600 jugadoras, con una media de asistencia de 28.000 espectadores en las finales de los campeonatos.”

Al respecto de esa afirmación la periodista Sarah Castro Lizarazo, del diario AS Colombia, sostiene que “en la Liga Femenina de 2019 participaron 476 jugadoras, de las cuáles 307 estaban vinculadas legalmente a los equipos mediante un contrato laboral”. Mientras que en los partidos de las finales de 2017 y 2019 el promedio de asistencia fue de 20.081 asistentes (sobre los datos de las finales del año 2018 no existe claridad).

La profesionalización del fútbol para ellas en Colombia sigue siendo una deuda pendiente. La necesidad es más latente que nunca y los hechos lo piden a gritos: el club Atlético Huila fue campeón de la Copa Libertadores en la edición Brasil 2018, siendo el primero del país en lograrlo (y convirtiendo a Colombia en el cuarto país en ganarlo), la Selección Colombia Femenina obtuvo por primera vez en la historia de los Juegos Panamericanos en Lima 2019, la medalla de oro en fútbol para el país, y en este 2020, 25 jugadoras nacionales que militan en clubes de España, Italia, Suiza, Grecia y Ecuador, han abierto las puertas para que el talento colombiano tenga cabida en el fútbol internacional.

El fútbol femenino en Colombia, que se jugó en 2019 y el que se jugará en 2020, tiene algo en común: la incertidumbre inicial sobre la realización de la Liga Profesional. Además, coincide en la posibilidad de que el formato de duración sea, aproximadamente, de 3 meses y de que solo se realice una edición anual. Ya son dos equipos los que han anunciado que no participarán en el certámen de este año: Atlético Huila y Orsomarso.

En abril, la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales (Acolfutpro) emitió una carta abierta en la que las jugadoras explicaban la difícil realidad que viven, con el agravante de la pandemia. En ella, aseguraban que tras una reunión conjunta entre el gremio, habían llegado a la conclusión de que existe una necesidad de asegurar una liga sostenible a largo plazo, y que existe una necesidad de mejorar las condiciones laborales como el número de contratos por equipo (actualmente solo se exigen cinco), la duración de los mismos (actualmente el promedio de duración es de dos meses) y escenarios de negociación de salarios y condiciones justos y sin retaliaciones posteriores.

En suma, no deja de ser una buena noticia que la Conmebol, a través de su presidente Alejandro Domínguez, haya anunciado públicamente que respaldará la candidatura de Colombia para realizar el mundial femenino 2023. Sin embargo, las posturas y los hechos dejan mucho que desear. Hace unas semanas, la misma Conmebol anunció la suspensión del proceso de licencias de equipos de fútbol femenino como requisito principal para poder participar de la Copa Libertadores de este año. “El máximo organismo del fútbol sudamericano busca con esta decisión flexibilizar y adaptar los requisitos a la excepcionalidad de la situación actual y colaborar así con los clubes participantes” expresa el comunicado emitido sobre la decisión tomada.

Esta decisión implica que los requisitos mínimos para que los clubes femeninos puedan participar en competiciones internacionales, como los criterios deportivos, jurídicos y administrativos, puedan no ser exigidos a cabalidad. Justamente, este proceso de licencias se había aprobado en febrero como una herramienta de “desarrollo, que permita gradualmente, impulsar y acelerar el crecimiento integral de los clubes” según reseñaba su publicación.

Referente a todo lo remarcado anteriormente, la carta enviada el día miércoles por la Federación Colombiana y la Conmebol a la FIFA, podría considerarse como un exceso de pretensiones y de falsas apariencias. La candidatura colombiana para ser sede del Mundial 2023, obtuvo un puntaje de 2,8 sobre 5 por parte de la FIFA: el peor de las tres sedes. Su publicación no sorprendió al entorno futbolístico del país: se sabe que Colombia hace rato está quedada en infraestructura deportiva, y ni siquiera las remodelaciones hechas a los principales estadios para el Mundial Sub-20 del 2011 alcanzaron para que el país se pusiera a la altura de los requerimientos internacionales.

Cabe resaltar que, según el informe de la evualuación técnica sobre las candidaturas al mundial 2023, las conclusiones del ente internacional, sobre la postulación presentada por Colombia, resaltan que si bien la Federación Colombiana se compromete a respaldar los objetivos estratégicos del Fútbol Femenino de la FIFA, “no fija metas cuantificables” para cumplirlo. Asimismo, sobre la afirmación hecha respecto al apoyo del cumplimiento de estos objetivos: el aumento de la participación, el valor comercial y el número de mujeres que trabajan en el fútbol, el informe remarca que “se necesitan más detalles sobre la forma en la que la organización del torneo serviría para lograr esos objetivos“.

En ese mismo sentido, la candidatura colombiana afirma que sus principales objetivos incluyen “el aumento de la participación de las niñas en fútbol base, seguido a retener más jugadoras en los años de desarrollo. Esto se conseguiría formando a más entrenadores de fútbol base y aumentando el número de competiciones para niñas“. La observación que hace la evaluación de la FIFA es que “no se establecen cifras concretas para estos ámbitos de crecimiento propuestos“.

Esta candidatura de Colombia era la oportunidad perfecta para reconocer que hacen falta muchos pasos por dar en lo que al fútbol femenino se refiere, referentes a la estructuración de un proyecto serio, a la realización de inversión necesaria y al apoyo real por parte de las entidades que organizan este deporte en el país, para consolidarlo y convertirlo en producto de exportación. Sin embargo, una vez más la dirigencia demuestra que la negación de la realidad y la venta de falsas realidades les funciona mejor que la autocrítica y el trabajo en conjunto.

Se sabe que Colombia corre de atrás, comparada con las otras dos sedes que están disputandose la sede del Mundial 2023. Se sabe también que, en todo caso, el mérito de esta candidatura no está en la arriesgada decisión dirigencial ni gubernamental de apostar por organizar un evento de tales magnitudes; el mérito está en lo que han logrado ese grupo de más de 400 jugadoras que siguen creyendo en la posibilidad de un proyecto de vida atravesado por el fútbol.

El mérito es todo de Yoreli Rincón, de Natalia Gaitán, de Isabella Echeverri, de Gavy Santos, de Oriánica Velásquez, de Daniela Montoya, de Vanessa Castro, de Carolina Arias, de Leicy Santos, de Lady Andrade, de Daniela Caracas, de Angie Castañeda, de Manuela Vanegas, de Laura Orozco, de Catalina Usme, de Carolina Pineda, y de todas esas futbolistas que han salido a flote en un entorno totalmente adverso para ellas, que han logrado tener un espacio y una voz dentro del deporte, gracias a sus luchas y reivindicaciones, y que han posibilitado que hoy las nuevas generaciones de mujeres nacidas en territorio nacional entiendan que este deporte también les pertenece.

Queda solo una certeza: si Colombia se merece organizar un mundial femenino es debido al empeño sostenido de sus jugadoras. Ningún otro motivo deportivo es suficiente ni alcanza para poder pensar en esa posibilidad.

Luis Carlos Proaños

Periodista por vocación. Hincha de las causas perdidas y del fútbol de antes. Como Fernando Palomo, creo que coincidir con tu subjetividad no me hace objetivo y que pensar distinto no nos convierte en enemigos. Editor general de Contragolpe.

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